Delhi, Agra, Jaipur... ¡Bienvenidos al Triángulo de Oro de la India! Aquí no hay opio, sino las gemas del arte mogol y añadido como droga dura. Cuidado, una sola toma es suficiente para que quieras volver. Una vez que superas el ruido y el frenesí, el polvo y la contaminación que se apoderan de cualquier ciudad india, sólo puedes sucumbir al encanto embrujador de este país. Aquí te embarcas en un viaje que despertará todos tus sentidos. Tus ojos se abrirán a la majestuosa gracia del Taj Mahal, la delicadeza calmante del mausoleo de Humayun o la imponente fuerza del Fuerte de Ámbar. Oídos abiertos al sonido de los cantos sufíes cantados sobre la tumba de Nizzamudin o el agua que corre del templo de Galta. Las fosas nasales tiemblan al pasar por Gali Parenthe Wali o el mercado de especias de Old Delhi. Las papilas gustativas se asombran del nuevo sabor del chaat picoteado en la calle o de los fragantes curries saboreados en los restaurantes. Las manos bailan al tacto de la seda o de los algodones multicolores en los bazares de las ciudades. El asombro y la maravilla se destilan en cada esquina para recordar mejor que este país no es como los demás: mujeres en sari multicolor con tobillos que cantan, elefantes maquillados, vacas vagando tranquilamente en medio del tráfico o camellos tirando de pesados carros cargados con paja o ladrillos...

Esta idílica presentación no oscurece una dura realidad que se extiende por las aceras. Familias enteras construyen refugios improvisados en las calles de Delhi, casi haciendo que los barrios bajos parezcan zonas residenciales. Montones de basura se amontonan en los bordes de las polvorientas calles de Agra. Viudas abandonadas de todo tipo piden limosna en los andenes del ferrocarril o en los ghats de Vrindavan. La contaminación del aire arroja un velo grisáceo sobre las ciudades casi permanentemente. Y el omnipresente ruido afila los nervios más finamente que la hoja de un arma o un cuchillo. Delhi, la capital, concentra todas estas contradicciones en un solo lugar. Desde el polvoriento y bullicioso laberinto de la Vieja Delhi hasta los vastos y tranquilos jardines de Nueva Delhi, es sólo un giro de una rueda de rickshaw. Para no dejarse llevar por el torrente de emociones, sólo hay una solución: hacer como los indios. Acoge la realidad y mantén tu corazón abierto a la alegría, por muy tenue que sea.

El equipo editorial

Agradecimientos: a Sachin Mahesh, Pawan Singh, Romey Singh y Tuhin por ayudarnos a trazar el rumbo. Muchas gracias a Patrick Maringe y Hector Baron por su confianza.

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